La radiografía métrica de los 18 partidos del hoy timonel de Ghana revive los fantasmas de las humillantes goleadas ante Uruguay y Ecuador, un traumático ciclo que sembró la deblace rumbo a Catar y que hoy se cruza en la ruta de Néstor Lorenzo.
Mientras el combinado nacional afina sus piezas tácticas para encarar el implacable choque de dieciseisavos de final frente a Ghana, el destino ha querido colocar en el banquillo opuesto a Carlos Queiroz, el hombre que comandó los hilos de la Tricolor durante casi dos años. El reencuentro opera como un violento contraste operativo: mientras la Colombia de Néstor Lorenzo cabalga con el traje de candidata tras asaltar el liderato del Grupo K por encima de la Portugal de Cristiano Ronaldo, la memoria colectiva evoca inevitablemente el período de profunda incertidumbre institucional que Queiroz dejó sembrado en su amargo paso por Barranquilla y Quito.
La ingeniería de una ilusión rota: El peso de suceder a la era Pékerman
En este sentido, las crónicas analíticas del rentado local, bajo el escrutinio de firmas como la del redactor Juan Sebastián Ariza, recuerdan que el desembarco del estratega portugués en el año 2019 se produjo en medio de una atmósfera de altísima exigencia corporativa. Queiroz asumió el monumental reto de sustituir el exitoso ciclo de José Néstor Pékerman, quien había devuelto la jerarquía liguero-internacional al país con dos clasificaciones mundialistas consecutivas y la histórica presentación en Brasil 2014. El cartel de técnico de talla mundial que ostentaba el luso —respaldado por su pasantía en los despachos del Real Madrid y la dirección de la selección absoluta de Portugal— alimentó un optimismo desbordado en las oficinas de la Federación, fijando como mandatos innegociables el pasaporte a Catar 2022 y el protagonismo en la Copa América 2019.
Asimismo, las planillas operacionales de aquella fase inicial registraron pasajes de indudable lucidez colectiva que hicieron pensar en una evolución metodológica hacia el orden europeo. El debut en la Copa América de Brasil 2019 inyectó una enorme dosis de adrenalina en la opinión pública tras firmar un contundente 0-2 sobre la Argentina de Lionel Messi, con las recordadas anotaciones de Duván Zapata y Roger Martínez. La Tricolor completó una fase de grupos inmaculada con puntaje perfecto tras despachar por la mínima diferencia a Qatar y Paraguay, exhibiendo un bloque defensivo rocoso que no encajó goles. No obstante, las limitaciones creativas del libreto reactivo de Queiroz quedaron expuestas en los cuartos de final, donde la escuadra capituló en la lotería de los penales frente a Chile tras un estéril 0-0 en el tiempo reglamentario.
El colapso de las Eliminatorias: Las dos tardes que dinamitaron el proceso
Por otro lado, la deconstrucción del rendimiento liguero en el camino hacia la Copa del Mundo de Catar devela el punto de quiebre definitivo donde la pizarra de Queiroz se fracturó sin posibilidad de retorno. Aunque el arranque de las Clasificatorias Suramericanas amparó el proceso con un sólido 3-0 sobre Venezuela en Barranquilla y un batallado empate 2-2 en Santiago ante Chile, la doble jornada de noviembre de 2020 operó como una catástrofe logística e institucional. El vestuario nacional sufrió un cortocircuito conceptual insostenible que se tradujo en dos de las peores humillaciones de la era moderna: el desolador 0-3 encajado ante Uruguay en el Metropolitano y el inverosímil naufragio 6-1 frente a Ecuador en la altitud de Quito.
Pasando a otro tema, la gestión de crisis implementada por el entrenador portugués tras recibir nueve goles en solo 180 minutos aceleró su desvinculación de los despachos federativos. La total ausencia de autocrítica en sus comparecencias públicas y sus llamados a la "tolerancia y comprensión" terminaron por minar la confianza de los directivos y de una plantilla que parecía no asimilar sus rígidas metodologías de juego. El saldo total de su gestión quedó congelado en 18 partidos dirigidos, arrojando una hoja de ruta con nueve victorias, cinco empates y cuatro derrotas; una métrica nominalmente regular pero profundamente engañosa, dado que 10 de esos compromisos correspondieron a choques de carácter amistoso donde las variables de presión real eran nulas. Esta inestabilidad estructural terminaría pasando una factura impagable, dejando a Colombia en la sexta casilla de las Eliminatorias y marginándola de la cita de Catar por un solo punto de diferencia.







