La "doble vara" del VAR en Colombia: Rengifo y Atlético Nacional se salvaron de la roja (según las reglas del FPC)

¿Crisis de justicia? La "doble vara" del VAR que castiga al Pereira y perdona a Nacional

Era roja para rengifo?
Era roja para rengifo?
Foto de Andréz  González
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El fútbol colombiano ha iniciado el 2026 sumergido en una polémica arbitral que parece no tener fin: la absoluta falta de coherencia en la interpretación del reglamento. Mientras que en el duelo entre Pereira y Llaneros el jugador Gustavo Torres fue expulsado con roja directa por una barrida, apenas 24 horas después, el juvenil Rengifo, de Atlético Nacional, recibió solo una tarjeta amarilla por una infracción idéntica ante Boyacá Chicó ¿Casualidad?.

Esta disparidad de criterios no solo genera indignación en las hinchadas, sino que pone en duda la transparencia del VAR y la capacitación de los jueces en la Liga BetPlay. Sin embargo, más allá de estos nombres propios, existe una cifra de "anti-récord" que explica por qué el arbitraje colombiano es hoy el más punitivo y, paradójicamente, el menos efectivo de la región.

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Una misma jugada, dos destinos: El caso Torres vs. Rengifo

A raíz de estos incidentes, la controversia se centra en la "lectura de juego" de los árbitros. En ambos casos, los futbolistas fueron a un balón dividido con una barrida que terminó impactando el pie del rival; ni la fuerza excesiva ni el punto de contacto justificaban, bajo una visión técnica imparcial, la cartulina roja. No obstante, al Pereira se le dejó con diez hombres en un momento crítico del partido, mientras que Nacional pudo mantener su estructura completa pese a la similitud de la acción a los 8 minutos de juego. Esta inestabilidad interpretativa ha llevado al FPC a un límite de no retorno.

Pero este no es un problema aislado de la primera fecha; es la continuación de una tendencia destructiva que rompió todos los registros históricos el semestre pasado.

El "Anti-récord" de 2025: Una liga de tarjetas, no de fútbol

En sintonía con este caos disciplinario, las estadísticas del segundo semestre de 2025 son aterradoras para el espectáculo: se registraron 127 expulsiones en 226 partidos, lo que arroja un promedio de 1.7 rojas por compromiso. Esta cifra es una anomalía a nivel mundial, donde encuentros que deberían resolverse por talento técnico terminan definidos por la resistencia física de equipos diezmados. Hubo jornadas donde hasta cuatro jugadores fueron expulsados en un mismo duelo, dejando planteamientos tácticos en la basura y sumando una presión insoportable sobre los jueces. Ante tal volumen de sanciones, surge una pregunta inevitable: ¿Somos realmente una liga violenta o el problema reside en quienes portan el silbato?

Poca intensidad, mucha sanción: El complejo del árbitro colombiano

Bajo esta misma línea de análisis, el problema de fondo parece ser la "sobre-exageración" de los jueces y su incapacidad para leer la intensidad del juego. A diferencia de las ligas europeas o el fútbol argentino, donde el juego es mucho más físico pero los árbitros permiten la fluidez, en Colombia cualquier contacto se sanciona con el máximo rigor reglamentario, ignorando el contexto de la jugada. El VAR, en lugar de ser una herramienta de justicia, se ha convertido en un microscopio que busca infracciones donde solo hay lances normales de juego, desestimando la competitividad de la liga.

Esta falta de coherencia no solo perjudica a clubes específicos, sino que erosiona la credibilidad de todo el sistema deportivo nacional.

El futuro del arbitraje: ¿Hacia una reforma profunda?

Finalmente, el contraste entre la expulsión a Torres y la amonestación a Rengifo deja una herida abierta en la confianza de los directivos y aficionados. Si la Comisión Arbitral no unifica criterios de manera inmediata, el 2026 se convertirá en un nuevo desfile de tarjetas que ahuyentará a los patrocinadores y a la audiencia internacional. El fútbol colombiano necesita jueces que entiendan que el protagonista es el balón y no el silbato, antes de que el "anti-récord" de expulsiones termine por asfixiar el poco espectáculo que queda.

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